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Tierra de Inhabitantes

por Enrique 13 de Agosto de 2003
 

Enrique: escritor de relatos por propia naturaleza, ha publicado varios relatos en un libro recopilatorio (Nada normal, Taller de Escritura de Madrid).

 

 

Hay en Madrid un espacio soñado por alguien que vivió lejos, una pesadilla abandonada en el mismo centro de la ciudad. Es cierto, entre las calles Príncipe, Sevilla y la Carrera de San Jerónimo, bajo la plaza de Canalejas a dos minutos de la Puerta del Sol, el visitante podrá encontrar, apenas visibles entre el tráfico y los peatones (turistas, empresarios, gitanos, mujeres maquilladas) cuatro accesos a un mismo subterráneo que nadie emplea para cruzar las calles o la plaza.

Junto al título de Galería Comercial (una información castrada de nombre) el visitante podrá leer dos carteles amenazadores, dos, escritos a mano con pintura blanca sobre cristal que nos advierten del interior: Rogelio Bocadillos y Ropa Gisbert para niños de 0 a 16 años. Esta es toda la información con la que el visitante contará en el recorrido a esta alucinación en subsuelo.

Deberá ser el visitante persona precavida y despierta que no se espante de tinieblas y no ser medrosa o incapaz en medida alguna, pues durante su estancia en La Galería no contará sino con la rala humanidad de Rogelio Bocadillos (Lomo, Chistorra, Salsa Erótica) si, desnortado o disuelta la voluntad, requiriera de ayuda ya que en el interior no encontrará peatones ni municipales.

La Galería es una tierra de inhabitantes, un espacio monstruoso que sólo se puede esconder bajo tierra. Tres de los cuatro accesos cuentan con una escalera mecánica virgen, muerta y sucia de inactividad. Bajando por ella el ruido de la calle queda atrás y un disparate de abandono acompañará al visitante, donde el único sucedáneo de vida es el local de bocadillos, en un punto esquinado y acechante de La Galería, desde donde proyecta una luz amarilla y sólida.

Una vez dentro se diría que algo ha sucedido, el visitante mirará atrás, a la calle, para comprobar que la vida corre allí sin pausa, pues el interior parece aquejado de una enfermedad de caos que hubiera dejado todo exhausto de polvo donde podrá recorrer una veintena de locales, la mayor parte vacíos y de toda índole: “Salón Recreativo Máquinas Electrónicas”, Joyería El duro de plata, Bar El Paso, Viajes El Águila.

Caminando por su interior, iluminado por la luz helada de fluorescentes al desnudo, el visitante sabrá de la relatividad del tiempo, en los pasillos de goteras y ecos, se apercibirá de cómo su alma se cuaja lenta, absorbida casi por el espíritu de la huída mientras observa el desastre de abandono de los locales. Así, si mira por los cristales del Salón Recreativo con “AIRE ACOND”, adivinará futbolines y pinballs, sillas y aire quieto y creerá comprender al leer en su puerta de vidrio: “Horario de 10 a 18hrs. Disculpen las molestias, pronto volveremos al horario habitual”. Se diría que el horario habitual abortó en hastío, sin nadie que lo recogiera.

En Viajes El Águila, el visitante tendrá una ilusión de vida, con muebles de oficina ordenados, mesas pulcras y publicidad multicolor. Sin embargo, al mirar al suelo encontrará puñados de cartas echadas por debajo de la puerta sin recoger, como si Viajes El águila se hubiera estancado en un festivo que nunca cedió en lunes.

“Ropa Gisbert para niños de cero a dieciséis años” es una galería al natural de los horrores. Sin concesiones al visitante muestra con obscenidad vestidos de niñas, pantaloncitos cortos, braguitas caladas y calcetines de encaje. Se trata de ropa de huérfanos exhibida por ausentes.

Este muestrario infantil hundido en el tiempo parecería que fuera a envejecer en ropa para jóvenes primero y en ropa para adultos después: crucificada en las vitrinas sin dependientes, como única señal del paso del tiempo, se avejentaría y crecería con cada mirada del visitante.

En este espacio de locales sin propietarios, es posible comprobar cómo el absurdo vino de visita y se instaló para ahuyentar al tiempo. Pegado en el cristal del Bar El Paso su testamento reza: Local en reforma 10-8-1998. Y está, el bar, perfecto en su armonía de taburetes, polvo y desencuentros, por una reforma que nunca empezó o murió antes de tiempo.

La Galería Comercial es un pueblo abandonado de Castilla, con sus enseres completos, trasladado al centro del bullicio y dejado en un sindiós de vacíos en el que ni los olores encuentran su sitio: Allí nada huele. Y eso asustará al visitante que no ande avisado, pues hasta lo muerto tiene su olor. No hay presencia de fantasmas, no hay sombras, sólo hay destierro precipitado, un destiempo de negocios sin celo que conforman una breve tierra que carece de dueño y que fue trasladada a un subterráneo bajo las pisadas de viandantes apresurados, de turistas interrogantes, con cuatro salidas que van a dar a grandes bancos, a cafés de moda, a parada de taxis, a revuelo de compradores.

Hay, empero, un algo que lo conserva. Un cubo azul bajo la gotera, unos cierres metálicos echados al anochecer y en fin de semana. Unos cerramientos que temen, sin duda, a la demasiada vida imposible de tragar, a que viren los silencios en este espacio de duelos.

 
   

 

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