Página Inicio > Narraciones Extraordinarias

Caleidoscopio
por Estefanía 

Tocatta y Fuga

Hoy llega a mí una brisa renovada y centrifugada. La apresaré y la esconderé en un rincón inhóspito, allí donde los corazones anhelantes yacen impasibles.
Me refresco la cara con gotas difuminadas de espejismos que consumen la plenitud de mi piel. Que se me despierten los poros ahora que tengo razones, y que me pretenda la vida entre los jardines de invierno porque allí estaré, entre las mejores flores: las que superan con creces la consternada silueta de la tormenta de hielos.
No me encontraré en otro lugar, porque no lo quiero.

Atmósferas

Una vez me enseñaron a medir atmósferas. Creo que en física o en química o en naturales. Creo que era Pasteur o alguien que sabía de Penicilina u otro quien acuñó ese término.

Pero, ¿y si la atmósfera se hace irrespirable? ¿Tendremos derecho a medirla? ¿A tasarla? Lo cierto es que incluso en esta indecisión basada en el desconocimiento sé sólo que lo mejor es que se deshaga.

La atmósfera digo, y que yo misma me conceda nuevas y mejores atmósferas, con ciencia propia y una casa en las afueras.

El Alma

Si la amortiguas nunca sabrás a qué sabe. No sabrás si su olor es de puro insoportable y si sus costuras aguardan a las marismas en lunas y solsticios.

Si la sueltas, en cambio, quizá te aborde en la siesta de las hamacas del sábado o te condene a veinte días de sensualidad en los rellanos.

¿No te parece fascinante cuando se deja acariciar entre los recuerdos?

Cuando te pierdes en disertaciones que no van a ningún puerto y te apoyas exhausta en la escalera ...¿y la presientes?

Un Caleidoscopio

Y me miras, y tan diáfana es la sombra como los haces de luz que abundan entre los niños que corren a carcajadas barrio abajo. Cristales y cristalitos invertidos, revestidos, coloridos y convergentes, con los que abres palabras a tu paso.

Yo, absorta en el ojo de la mira, dejo que las formas bailen como rumberos y que mañana los reflejos de la palma en el asfalto me traigan desayuno y sabor a mar.

Esa fue la perspectiva.

Y eso fue aquello: Tus niños y mis bailes.

Ganas de aire, subirme y no querer bajar, todo lo que sale de mi ombligo y vuela. Soplar para desinflarme.

Un caleidoscopio.

Rudeth

Rudeth, el ventero, coleccionaba moldes de quesos. A los que conocía les aseguraba que en la circunferencia escondía la luz estancada del tiempo.

Tenía un almacén repleto de moldes.

Tantos, que en los márgenes del techo se perfilaba una sucesión de planetas imaginarios con tiempos dudosamente indefinidos.

El sabor y la procedencia del queso no determinaban la calidad de la luz que Rudeth acumulaba, aunque su increíble capacidad memorística le habían llevado a la conclusión de que los quesos franceses superaban a los suizos en tiempos pretéritos.

Una tarde, repasando moldes, descubrió una circunferencia intrínseca a otra circunferencia que desbarató la luz de su retina. Desde entonces, Rudeth escucha siempre una voz propia que le repite:

"Círculos desde los que te asomas al mundo con las alas puestas y plegadas. Atados los pensamientos a las comisuras de las plumas, te acercas al centro de la circunferencia y anuncias tu partida con un canto nuevo en apariencia. Rompe la barrera de la perspectiva y hallarás la verdadera dimensión del aletear de todos tus motivos. Y si la vista del alma se hace eterna y te ciega, no temas: rodearás largas cordilleras, llanos y una playa de arena casi transparente".

Isla

En todas las esquinas de la isla habitan mis dedos como playas, y mi ilusión como alisio del Norte. En una esquina pueden apreciarse colmenas y un puesto de golosinas; y en la otra abundan peces con textura de algodón y un enorme árbol que presume de flores encaprichadas de eterno olor a primavera.

Más allá de las esquinas, en las cumbres, se presiente un silencio que refleja las almas en los volcanes, y unos volcanes con alma y de reflejo silencioso.

Por eso, si soy de fuego -porque soy de fuego- me llaman loca los extranjeros, y si soy de arena azabache y gorda que no se lleva el mar, me llaman loca todos los demás.

Donde rompen las olas: en las orillas, en las casas de puertas verdes, en los faros, en las barcas que se llaman "Virgen de la Candelaria" y en el vértice de mi recuerdo... allí, rompen también los límites del horizonte en una tarde anaranjada con olor a algas.

En todas las esquinas de mí misma habita una isla como monte de pino y retama, y otras islas imaginarias fabricadas de alisio que llegó del Norte y de un misterio salado en mitad del Océano.

 

© 2001 - 2004 LandSil