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Satelite tierra, espejo luna
 
por Estefanía 1 de Diciembre de 2002. Fotos de Estebán Rodríguez.
 
(El Valle de la Luna. Tenerife)

 

La primera vez que estuve en el lugar del que les hablo ahora, apenas habían transcurrido diez años desde que el hombre pisó por primera vez la superficie de los cráteres y atardeceres perpetuos de la Luna.

Entonces muchos sólo pudieron contemplar perplejos las pantallas del televisor, y antes y después de aquello, muchos se conformaron con mirar hacia arriba para soñarse Armstrong, Ícaro o un personaje de la Odisea en el Espacio.



Semejante acontecimiento o alunizaje ignoraba, que cientos de generaciones antes, los antepasados guanches de las Islas Canarias y los colonos beréberes de la costa de Mauritania ya habían descubierto el espejo cóncavo del satélite que se escondía entre nosotros.

Ese espejo está todavía hoy en la isla de Tenerife. Bautizado alguna vez como Las Cañadas, asentado a fuego lento a 2 mil metros más cerca del cielo, este lugar aglutina un pedazo de luna que se le cayó a la luna, y que dejó en la isla la huella de un inmenso orificio...según cuenta una leyenda que se me ocurrió súbitamente y desde aquel primer momento infantil de estupor y fascinación.

El circo de Las Cañadas es una de las mayores calderas del mundo y un gran cuenco de sorpresas que popularmente se conoce como El Valle de La Luna, por sus semejanzas volcánicas con los oníricos paisajes del satélite terrestre.

Allí la lava, procedente de distintas erupciones que extendieron su lengua a lo largo de 23 km de perímetro, da forma a un paisaje elíptico, extraterrestre y caótico en formas, colores, y contrastes que van del negro al negro y del rojo al rojo, pasando por los tonos mostazas que deja la pastosa cal. Las juguetonas formaciones pétreas dan fe de los miles de años de un rugir volcánico que dejó su sello en las lenguas de lava de la zona conocida como de las Piedras Arrancadas, un lugar donde la energía se desborda y donde la tierra deja constancia de su poder universal. Más adelante, un fabuloso escaparate de obsidiana, una especie de vidrio brillante, se arrastra bruscamente hasta las mismísimas faldas de Montaña Rajada.



Arriba, en el techo de las islas, el omnipresente Teide.

El Valle de la Luna es un oasis de belleza salvaje del interior de la tierra, una herida abierta de las bajas profundidades, o quizá un cúmulo de fuerza estremecedora que es capaz de albergar, entre tanta falsa esterilidad, especies endémicas únicas, como el tajinaste, una de las flores más originales e impresionistas que unos ojos han visto jamás.

Aquellos que se acerquen por vez primera a este espejo de la luna, a este remanso de satélite que se escondió en la isla, y aquellos que se acerquen por segunda o decimocuarta vez vivirán de súbito tres o más cuentos de Julio Verne, sentirán el placer de sentarse junto a las estrellas y sabrán, sin lugar a dudas, que la esencia de la luna está en la tierra. Y entenderán que la esencia de lo anhelado, de lo elevado y universal, está justo entre nosotros, o mejor aún, en nosotros mismos.

 
 

 

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