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Las posibilidades no hacen una realidad.

Uno puede tener en su interior un dorado campo de trigo, lo suficientemente grande como para comer hasta hartarse toda la vida. Pero no basta con verlo, hay que trabajarlo: segar, quitar las malas hierbas, cuidarlo para que los pájaros no nos arrebaten las semillas y, una vez cosechado el trigo, hay que trabajarlo un poco más: afinarlo, molerlo para poder hacer pasteles. Con todo este trabajo, seguro que nos dolerá la espalda de estar encorvados, y las manos de segar, y será duro y estaremos cansados. Pero es nuestro campo, y nadie más que nosotros mismos podemos hacer algo por él.

Quedarse mirando el campo repleto de trigo, sin querer mancharse las manos, deseando obtener comida, asustados porque nos va a doler la espalda y nos podemos quemar con el sol, no va a hacer que andemos nuestro camino.

Es más, puede caer una lluvia repentina con la que no habíamos contado, y pudrir nuestro trigo. Cuando ya ha crecido, el trigo hay que segarlo cuanto antes, y cuanto más esperemos, menos tiempo tendremos luego para comernos los pasteles.

Hay pues un momento (o muchos) en que uno debe decidir si va a trabajar por ser feliz, o va a seguir queriéndolo toda su vida.

   

 

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